Existe una familia en Cuba donde hace 160 años lo extraordinario se convierte en común, donde la cultura une tanto –o más– que la propia sangre, y donde el acervo inmaterial entremezclado con los valores tradicionales del hogar, se defienden en franco ejercicio de resistencia cultural porque de ello depende la supervivencia de la espiritualidad de la casta. Esa es la Tumba Francesa La Caridad de Oriente.

Los Venet Danger, de Santiago de Cuba, atesoran desde hace ocho generaciones un patrimonio que por su trascendencia, la UNESCO reconoció como Obra Oral e Inmaterial de la Humanidad en el año 2003.

Si bien ellos son hoy el tronco fundamental de la sociedad Tumba Francesa La Caridad de Oriente, también es cierto que en la historia de este grupo portador de tradiciones hubo otros apellidos que apostaron por la preservación de los valores traídos, hace mucho tiempo atrás, por los esclavos.

Fundada en 1862, según placa que corona la actual sede en Carnicería entre Habana y Trinidad, en el centro histórico de Santiago de Cuba, dicha sociedad es heroína de la supervivencia y resistencia cultural por el legado que resguardan.

Los miembros de la casta Venet Danger no sólo se preocupan por inculcar en los jóvenes aquellos viejos valores universales que deben estar en cada familia, como la honestidad, la laboriosidad, etc., sino que, paralelamente, también transmiten, de generación en generación, un inmenso mundo traducido en cantos, bailes, toques, denominaciones, tradiciones culinarias, hábitos, costumbres arraigadas en las historias de los ancestros…

Andrea Quiala Venet… actual timonel de la Tumba Francesa

La responsabilidad de Andrea es grande: guiar de forma segura la Sociedad y también a su familia…, pero el trabajo se complica cuando los límites de ambas tareas se difuminan, pues los propios miembros de la Tumba Francesa son sus descendientes y parientes. Es entonces que lo doméstico y lo profesional, se mezclan.

“A la Tumba llegué de la mano de mi madre. Era muy pequeña. Toda su familia, o sea la mía, eran miembros. Me traía los días que se hacían las fiestas, los sábados para domingo. Muchachos al fin, jugábamos en el patio de la Sociedad. Pero siempre estábamos pendientes a todo, lo veíamos todo, pero preguntábamos y no teníamos respuesta de nada. En ese entonces, a los mayores no les gustaba que estuviéramos preguntando, que estuviéramos en el círculo de ellos”.

En ese entonces, la presidenta de la Sociedad, abría la bata y Andrea, junto a otros pequeños, se escondían detrás: “era la única, además de mi familia, porque ella no era de mi familia, que no le importaba que los niños estuviéramos ahí. Entonces ella abría su bata y desde el salón no nos veían a nosotros escondidos ahí. Mientras los adultos tocaban y bailaban, nosotros también bailábamos detrás de su bata. Así llegué yo, mis hermanos y otros, a la Tumba Francesa”.

Confiesa Andrea que ya desde entonces era el baile lo que llamaba poderosamente su atención. No los cantos ni los toques, era el movimiento de los cuerpos al compás de las vibraciones.

“A los 15 años fue que me hicieron miembro de la Sociedad. Sin embargo, mis hijos, desde que estaban en mi barriga, ya escuchaban la Tumba, las vibraciones, las voces…, ellos nacieron con «eso». Mi hija (Queli) con cuatro años no dejaba vivir a mi tía para que le enseñara tocar el «catá». En la casa había una güira y con dos cucharas, eso era toca, toca y toca. Y me decía «dale mamá vamos a tocar», y yo me decía «ay Dios mío, es mi culpa, esta muchacha no me deja vivir», pero ella ahí, aprendiendo a tocar el «catá» desde chiquitica”.

Andrea, furtivamente primero, se insertaba poco a poco en las tradiciones de la Tumba Francesa. Sus hijos, ya en otros tiempos, desde que vieron la luz aprendieron a caminar y a hablar casi al mismo tiempo que cantar y tocar.

“A los hijos y nietos de Consuelo Venet «Tecla», nada se les inculcó, nadie les dijo tienen que aprender esto o esto otro, desde que nacen ya sienten el amor por la Tumba. Mira a mi nieto, nadie le enseñó y ahí está, bailando y tocando”.

Con motivo del aniversario 155 de creada la Tumba Francesa, hace ya unos años, se realizó una presentación de esta Sociedad en el céntrico Parque Céspedes. En ese entonces, un adolescente de 12 años impresionaba por su gracia y destreza en el baile. Ese era el nieto de Andrea.

“Ya hoy los niños y jóvenes menores de 15 años pueden pertenecer a la Tumba. Eso cambió pues la vida evoluciona. La Tumba no es de los adultos, es de los niños, los jóvenes y los adultos, porque si no es así, se pierde la tradición”.

En la actualidad Andrea tiene un regalo que pocas personas pueden disfrutar, independientemente del dinero que se tenga, la edad, o el país donde se viva.

“Imagina qué emoción siento yo cuando comparto el escenario con mi hija y mi nieto, además de otros familiares. Imagina la satisfacción que uno puede sentir cuando ve que ha sido capaz de llevar la tradición de una generación a otra. Yo soy la sexta generación de la familia Venet Danger en la Tumba Francesa, mi hija y sobrinos son de la séptima, y mi nieto, que es el miembro más joven, es la octava. Cuando tenga hijos, vendría la novena, esta es una cadena que pienso no se perderá”.

Andrea Quiala Venet, desde el año 1997, es la presidenta de la Sociedad Tumba Francesa La Caridad de Oriente, por legado. Desde entonces uno de sus desvelos es mantener viva la tradición en tiempos donde las tecnologías o las migraciones, por solo mencionar dos elementos, erosionan en algunas latitudes, incluyendo a Cuba, las más profundas y enraizadas costumbres.

Queli Figueroa Quiala… seguidora de un linaje de matriarcas

Ver a Queli en un escenario, impresiona. Quien no conoce la historia de la que es heredera, pues no adivina que en su familia las féminas son mujeres que han tomado las riendas de la Sociedad y la han conducido por varias décadas.

Quizás sea la seriedad con que interpreta el arte, o su mirada, pero también la fuerza que le imprime a sus toques logra ese efecto hipnótico.

Lo cierto es que es imposible no mirar cuando ella, heredera de más de siglo y medio de tradiciones, saca música con sus manos. Su toque es, a secas, fuerte, vigoroso, poderoso…, casi como si en cada golpe se juntaran las manos de otros que, como ella, lo hicieron antes.

“Nosotros, los miembros de la familia Venet Danger, no tenemos una consciencia de cuándo comenzamos a desarrollar algún elemento de la Tumba Francesa. Desde pequeños nos inclinamos por algo, ves que uno de pronto empieza a cantar, o a bailar, o a tocar, es que los llevamos en la sangre. Esa es la razón”.

“En el caso de mi hijo, con tan solo cuatro años comenzó bailando con un «frenté», recuerdo ese día como si fuera hoy. Él, muy pequeñito, desde los dos años, le busqué un vestuario para que estuviera aquí (en la sede de la Sociedad), porque te puedes imaginar que yo, tan absorta en las actividades de la Tumba, cuando en la casa veníamos para acá no se quedaba nadie, y él también tenía que venir. Entonces estaba con su pequeño vestuario de la Tumba, y su primo estaba ejecutando un «yubá», y cuando llega el momento de ejecutar un «frenté», y él estaba dando una disertación de todos esos pasos a un grupo de visitantes, el niño salió del lugar donde estaba, lo tocó, y le pidió que lo dejara. Y yo lejos decía «¡Ay mi madre!». El salón en plena actividad, lleno de gente, y él hacer eso. El primo le cedió el espacio. Mi pequeño se puso delante del tambor, y según el tocador le iba marcando los golpes, él se iba moviendo. Nadie le había enseñado nada de nada. Él sólo miraba desde los rincones, y así aprendió. No sé si lo hizo bien o mal (risas), para mí lo hizo perfecto, de maravilla”.

Cuenta Queli que algo similar sucedió cuando su hijo decidió interesarse por los toques. En el año 2015, la Tumba Francesa decide participar en los Carnavales de ese año, con la comparsa la Tahona, un poco saludando a la urbe y su aniversario 500.

“Tú sabes que para esas fechas (risas) el que no está borracho está bebido, y había situaciones con los músicos. Y yo dije con los que están lo haremos lo mejor posible. Comienza la presentación de la Tumba en el área del jurado, y nosotros haciendo lo que podíamos. De pronto, sobre la base de la música, sobre la base del golpe del «masón», comienzo a sentir un repique, algo que me recordó la forma de tocar que tenía uno de mis tíos, llamado Martín Padilla Venet, un tocador de «premier» excelente. Entonces cuando miro a donde estaban sentados los músicos estaba sentado mi hijo. Sinceramente en ese momento se me aflojaron las piernas, estaba en el centro de la coreografía y no podía fallar, pero es que tampoco podía quitarle la vista a mi hijo, a lo que él estaba haciendo, el sonido que lograba me llegó muy profundo. Desde ese momento él decide abandonar el baile y dedicarse al toque. Ahora mismo es el tocador oficial de «premier» de la Tumba Francesa La Caridad de Oriente”.

El joven poseedor de un estilo y una sonoridad que evidentemente recordaba a sus ancestros, pues tuvo la certera guía de Quiala quien decidió facilitarle las grabaciones de su tío donde, según cuenta esta impetuosa mujer, tocaba un «premier» de excelencia.

“Él escucha muchísimo grabaciones antiguas de los años ’60, de todos aquellos viejitos que tocaban la Tumba Francesa como decimos nosotros, de forma «asentada», que los años no les permitía tocar como tocan los jóvenes de hoy, con esa vigorosidad, pero sí lo hacían con gran maestría”.

Las risas no dejan de acompañar a Queli cuando habla, sólo ceden espacio a la ternura y orgullo cuando menciona a su hijo. Ella, explícitamente, deja ver la admiración que siente por su «bebé» por ser tremendo músico, y sobre todo, por reverenciar la cultura y la tradición que lleva consigo la Tumba Francesa por más de siglo y medio ya.

Con el pequeño Flabio no hubo que hacer trabajo vocacional. En él, el llamado de la sangre era fuerte. Pero no siempre pasa así. Y es precisamente la labor con los niños la gran preocupación de Queli.

“Siempre he tenido la intención de realizar un proyecto infantil que garantice la supervivencia de esta expresión porque no es menos cierto que el paso de los años, las influencias externas, corre el peligro de desaparecer, incluso dentro de la propia familia, los que vienen naciendo no tienen el mismo interés. Entonces qué sería mejor que tener una Tumba Francesa Infantil, donde se garantizara el relevo. El problema está en la falta de recursos que nos golpea fuertemente. Llegamos a tener unos 35 niños como promedio, en la Tumba, todos descendientes de los miembros de la institución, pero por falta de recursos, de un vestuario, de un calzado, se fueron desmotivando. Suma que los pequeños sólo se podían presentar aquí en la sede con sus ropitas, nosotros le proporcionábamos algo pero no era suficiente, y ellos necesitaban expandirse y presentarse fuera de la sede porque lo necesitaban y estaban preparados para eso, pero no se pudo lograr. Y bueno, existe un límite para tener una agrupación infantil, y muchos hubo que dejarlos ir, otros ingresaron a la Tumba Francesa”, sentencia Queli.

La Tumba cambia, como mismo se transforma la vida misma. En la actualidad, quedaron atrás los viejos principios de que para pertenecer a ella era imprescindible ser descendiente de familia de esclavos.

“Todo el que quiera pertenecer a la institución ya lo puede hacer porque incluso, tratando de conservar ese estatus de que tienen que ser solamente descendientes de esclavos de origen africano o haitiano, van mermando las personas, entonces si estamos hablando de sensibilidad, hay que abrir las puertas. Entonces hemos cambiado y los requisitos hoy son estar identificados con las raíces tradicionales, con la cultura, sentir amor, tener corazón. A mi hijo le preguntaron una vez que por qué él siendo tan joven, con tantas cosas que llaman la atención, estaba en la Tumba Francesa, él respondió que porque eso había que sentirlo en el corazón”.

Flabio, el más joven de una casta con siglo y medio de tradición

La Sociedad Tumba Francesa la Caridad de Oriente tiene actualmente 25 miembros, pero Flabio es el más joven de todos. Es, además, el nieto de la actual presidenta, Andrea, y el último descendiente de la familia Venet Danger, el tronco principal sobre el cual ha descansado la supervivencia de este grupo portador de tradiciones.  

Su nombre, Kevin Flabio Ramírez Figueroa, denota que pertenece a estos tiempos, y aunque no lleva de forma explícita el «Venet Danger», sí corre por sus venas la sangre de sus ancestros.

Por eso cada toque, cada movimiento, los interpreta con maestría. Él, quizás, podría ser un virtuoso en los misterios de la Tumba Francesa y, por qué no, un orgullo para su familia.

“De la Tumba Francesa me gusta todo”, así respondió Flabio, sin dilaciones ni innecesarios adornos, más que nada porque así lo siente desde que tenía capacidad para tomar decisiones, aunque sus familiares aseguran que desde antes ya sentía con el corazón, los toques de la tumba.

“Me llama más la atención los toques que el baile porque donde quiera la música siempre es más llamativa, transmito más, es más creativo también”.

Flabio asegura que cuando tenga hijos también le inculcará el amor por las tradiciones y costumbres de la Tumba Francesa: “dicen que yo salí del bailé y me puse a tocar hasta ahora, espero que mis hijos sientan el mismo amor que sentía yo por lo que hacía mi madre y mi abuela”.

Con 17 años, Flabio se desempeña como tocador del tambor mayor, madre, «premier» así le llama este instrumento musical del cual añade que es el que improvisa, y en sus palabras no se siente la gran responsabilidad que tiene en cada presentación de este grupo portador, quizás sea la juventud que ciegue tal carga, relacionada con la cultura, sus familiares y ancestros.

Sin embargo, también se puede ver, más que nada, el compromiso: “el día que tenga un hijo lo traeré a los ensayos, también le enseñaré en la casa, le daría lo que fuera para que toque, le enseñaría de todas las maneras posibles. Le enseñaré a bailar, le daré un tambor para que toque”.

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Flabio es lo que le enseñaron y lo que vio hacer, es concentración del pasado, es relevo, futuro y continuidad a la vez, es patrimonio vivo universal.

En él descansan las aspiraciones de generaciones precedentes que, sin proponérselo, trascendieron en el tiempo por el simple hecho de defender un sistema de valores en los que creían.   

Por eso la Tumba es tan auténtica, porque nace de la sangre, del corazón y de la fe.

Puede adaptarse en el tiempo, puede incluso tomar decisiones que escandalizarían a los ancestros, pero siempre que mantengan los valores fundacionales será eterna.

Siempre que existan miembros como Andrea, que con su dulzura y jocosidad rememoren las historias y anécdotas del pasado, o como Queli, preocupados y ocupados por salvaguardar las tradiciones, o como Flabio, que ni sabe el por qué del amor por el baile y toques, y sólo sabe lo que siente, y su deber de transmitirlo, siempre que existan personas así, habrá Tumba por siempre.